quinta-feira, 26 de julho de 2012
henry thoreau.....
domingo, 29 de abril de 2012
Premio Nobel de Ecologia
terça-feira, 17 de abril de 2012
Manuelita Saenz....
quinta-feira, 12 de abril de 2012
Luiza Mahin
terça-feira, 10 de abril de 2012
Evita , guia espiritual da naçao pachamama
Que falar de estas mulher, que so pronunciar seu nome, nos emociona, nos eleva a os sacrificios mas nobres......ah.....Evita, madre espiritual de as revoluciones latinoamericanas.......mulher, shakti, guerrera, socialista......lutadora incansavel pelos povres e os injusticiados........ah...evita , evita, si vivieras serias da naçao pachamama......serias una mistica revolucionaria, como fuistes en tu vida.......
fuises a vitima, preferida da difamaçao e a injuria.....livre, revolucionario e acima de todo bela!
Sua epopeia, para incluir a os povres en a sociedade, para liberar a la mulher de seus atavicas cadeias, e a os obreros das injusticias, fizo con que a oligarquia a odiara, mas asim, se facen os revolucionarios, apañando, e militando como esta nossa heroina grupal, evita peron!
lucidor
sábado, 31 de março de 2012
Juana Azurduy
La Guerrillera de la Libertad
Francisco de Miranda murió en las mazmorras de Fernando VII en Cádiz. Mariano Moreno fue envenenado por el capitán de un barco británico y su cadáver arrojado al mar, anticipando un destino recurrente para los revolucionarios argentinos. Manuel Belgrano murió en la pobreza en 1820, cuando aún la América necesitaba de sus inigualables servicios. Todavía no se habían cumplido ocho años de que hubiera salvado a la Revolución continental en Tucumán. Bolívar murió solo, perseguido por facciones oligárquicas que combatían su proyecto de unidad continental, expresando con amargura "he sembrado en el viento y arado en el mar." Bernardo O’Higginns fue desterrado y perseguido luego de luchar toda su vida por la libertad americana. Monteagudo fue apuñalado en una oscura calle de Lima. Dorrego fue fusilado sin juicio alguno -por instigación de Rivadavia- por su antiguo compañero de mil batallas, "el sable sin cabeza", el genocida Juan Galo de Lavalle. Juan J. Castelli el "orador supremo de la Revolución", quien destruyera los argumentos realistas en mayo de 1810, el jefe del ejército libertador americano que más cerca estuvo de llegar a Lima y destruir de un golpe el poder imperial español, antes de la llegada de San Martín, murió con su lengua cortada, preso y perseguido. Apenas dos días antes San Martín, Alvear y su discípulo Monteagudo acababan de desalojar al gobierno contrarrevolucionario de Rivadavia y el Primer Triunvirato, retomando la senda de Moreno y la Revolución. En este marco de ingratitud caída sobre nuestros revolucionarios, aquellos que nos dieron la libertad y produjeron la más grande de las revoluciones del mundo occidental del siglo XIX, no es de extrañar que Juana Azurduy, la mayor guerrera de América, ‘Juana de América’ -en un continente que hizo de la resistencia su identidad-, terminara sus días como una mendiga miserable en la calles de Chuquisaca habitando un rancho de paja.
Juana Azurduy y su esposo el prócer americano Manuel Ascencio Padilla, son los máximos héroes de la libertad del Alto Perú y por ende de nuestra libertad como americanos y como provincia argentina de la gran nación americana. Sólo la ignominia que aún campea sobre nuestra historia y sobre sus mejores hijos, hace que la República de Bolivia -escindida de la gran nación rioplatense, por el elitismo sin par de los ejércitos porteños que desfilaron, saquearon, defeccionaron y abandonaron el Alto Perú, a excepción del general Belgrano y por las apetencias oligárquicas- no considere a Juana y a su esposo el Coronel Padilla, como sus máximos héroes, y sí rinda honores al mariscal Santa Cruz uno de los generales realistas que reprimió la Revolución de La Paz de 1809, y que se pasó a las filas patriotas al final de la guerra de la Independencia. Fue el propio Bolívar quien al visitar a Doña Juana -ya destruida por las muertes de los suyos, el olvido de sus conciudadanos y el saqueo de sus bienes- le expresara ante la sorpresa de sus compatriotas, que Bolivia no debía llevar su nombre sino el de Padilla, su mayor jefe revolucionario. Pero los adulones destruyen las revoluciones.
guerrrearon sin descanso y sin cuartel desde el grito de libertad del 25 de mayo de 1810. Ellos y los 105 caudillos indios y gauchos como Vicente Camargo, el Cacique Buscay, el Coronel Warnes, el padre Muñecas, Francisco Uriondo, Angulo, Zelaya, el Marqués de Tojo, el Marqués de Yavi, José Miguel Lanza, Esquivel, Méndez, Jacinto Cueto, el indio Lira, Mendieta, Fuente Zerna, Mateo Ramírez y Avilés entre muchos otros, junto a Güemes en Salta, fueron quienes impidieron que luego de las sucesivas derrotas de los ejércitos porteños al Norte, los realistas pudieran avanzar sobre Buenos Aires y destruyeran la revolución. Juana y Padilla eran oriundos de Chuquisaca -también llamada La Plata o Charcas- sede de la universidad. Allí estudiaron -y conspiraron- Mariano Moreno, Juan José Castelli y Bernardo de Monteagudo. Castelli, ya jefe del ejército del Norte, se hospedó en la casa de Padilla en su marcha hacia La Paz. Moreno era abogado defensor de indios pobres y perseguidos en el estudio del doctor Gascón en Chuquisaca. Allí contactó con el movimiento revolucionario. Juana nació en 1780, el año en que Túpac Amaru lanzó su revolución indígena que casi liquida al poder español. Sería el mismo favorito -de la reina- Godoy, quien señalara que la rebelión de Túpac estuvo a punto de quitarle a España los virreinatos del Perú y del Plata. Esa rebelión ahogada en la sangre de los cien mil indios ajusticiados por la represión genocida española y en los gritos del suplicio del gran Túpac, su esposa Micaela Bastidas Puyucawa y sus hijos, abrió el camino de la libertad pese a su derrota. El ejemplo del Inca Condorcanqui no podía sino conmover hasta los tuétanos el corazón de la América del Sur, del cual el Alto Perú y el Perú eran su núcleo principal de población original, con culturas profundas y altivas. Nada sería igual después de la rebelión de Túpac: ni el dominio español ni la resistencia americana. La generación posterior a su derrota, sabría vengar su suplicio y expulsaría a los criminales españoles por mucho tiempo -por lo menos hasta la llegada del Traidor Carlos Saúl I, ya al final del siglo XX. Es así que el sol de nuestra bandera es el glorioso sol de los incas y de Túpac Amaru.
La historia oficial argentina prefirió olvidar a los gloriosos revolucionarios del Alto Perú, por dos razones. Primero porque debido a las infamias cometidas por los ejércitos porteños, lograda su independencia en 1825 -y tal cual dejó entrever Ascencio Padilla en la carta que envió al fugitivo Rondeau- el Alto Perú decidió independizarse no sólo de España, sino también de Buenos Aires. Pasaría a llamarse Bolívar primero y Bolivia después, pese a la oposición del Libertador que comprendía que así ambas naciones perdían, pero el Alto Perú perdía más. La medida a su vez profundizaba la balcanización de la América unida que Gran Bretaña piloteaba a toda máquina apoyada en los Rivadavia y García de cada ciudad-puerto del continente. La segunda razón del olvido altoperuano en la historia argentina, obedece a razones más abyectas. La guerra del alto Perú es esencialmente una guerra de indios, de caudillos, de gauchos, de los patriotas de a caballo, del pueblo puro de América. Ese mismo pueblo que las tropas porteñas destruirían una y otra vez en la Banda Oriental, en el litoral o en el interior y finalmente en el Paraguay. Además eran guerrilleros, caudillos militares y habían ganado su grados -Manuel Ascencio Padilla fue designado Coronel del ejército del Norte cuando su cabeza estaba ya clavada en una pica. Juana Azurduy fue nombrada Teniente Coronel del ejército argentino a pedido de Manuel Belgrano- en el combate. Reivindicar su memoria para la historia oficial es nombrar lo innombrable. Lo gaucho. La "barbarie" de Sarmiento, la lucha de los pobres. Reconocer que los indios, los gauchos, los negros, los esclavos, los mestizos no eran inferiores sino que por el contrario, lucharon con mayor tenacidad y desprendimiento que la clase culta porteña por la libertad. Reconocerlo es negar el papel rector de Buenos Aires en el destino americano que inventó el partido unitario -y luego mitrista- y tanto daño hizo a la causa americana. Mejor es olvidar. "No sólo son bolivianos -‘bolitas’- además son indios, negros, matacos –monos".
Era verdad como demostraría San Martín que por el Alto Perú no se podía llegar a Lima, pero Buenos Aires con la historia oficial oculta algo más grave que explica el suplicio de la población altoperuana, jujeña y salteña entregada a la represión genocida española. Buenos Aires pudo haber liberado un gran ejército que tuvo combatiendo largo tiempo en la Banda Oriental para auxilio de los pueblos del Norte. Sólo debía reconocer -tal cual lo planteó Moreno en su Plan Revolucionario- que Artigas debía comandar la guerra por la liberación de la Banda Oriental, con sus gauchos y su pueblo, del cual era el jefe natural. Pero eso era inadmisible para la elitista y exclusionista clase mercantil porteña. En lugar de eso prefirieron entregar la Banda Oriental, primero a Portugal -se lo propusieron en secreto Alvear, Alvárez Thomas y Pueyrredón- y luego aceptaron su "independencia" colonial británica, que lograba así crear otro Estado en la boca del Plata, impidiendo que la Argentina tuviera el exclusivo control de los ríos de la Cuenca. Esa y no otra fue la causa de todas las guerras contra Rosas, Caseros incluida. Cualquier cosa antes de aceptar que los gauchos se manden a sí mismos o peor aún que "nos manden". Con sólo enviar esas tropas al Alto Perú y estacionarlas en Potosí -como señalaron Belgrano y San Martín- mientras se preparaba el cruce de los Andes, el pueblo boliviano habría sido salvado de sufrir lo indecible.
Juana Azurduy es la Revolución, es el pueblo en armas, son las mujeres del pueblo en armas, que pelean junto a los hombres, igual o mejor que ellos, que los mandan. Mujeres y hombres que destruyen ejércitos completos, superiores en número y armamento. Armados con hondas, macanas, lanzas, boleadoras, a fuerza de coraje y fiereza. Coraje y fiereza que dan la decisión de luchar hasta el fin por la libertad, por la justicia contra la opresión y el sometimiento de los semejantes. Luego del asesinato de su esposo y de varios de los principales jefes guerrilleros, Juana bajó a Salta y combatió junto a Güemes, quien la protegió y le dio el lugar correspondiente. Luego del asesinato de Güemes en 1821, Juana entró en una profunda depresión. En 1825 solicitó auxilio económico al gobierno argentino para retornar a Chuiquisaca. La respuesta del gobierno salteño resultó indignante, apenas le otorgó ‘50 pesos y cuatro mulas’ para llegar a la ‘nueva nación de Bolivia’. Doña Juana murió a los 82 años en la mayor pobreza. "Juana avanzaba casi en línea recta, rodeada por sus feroces amazonas descargando su sable a diestra y siniestra, matando e hiriendo. Cuando llegó a donde quería llegar, junto al abanderado de las fuerzas enemigas, sudorosa y sangrante, lo atravesó con un vigoroso envión de su sable, lo derribó de su caballo y estirándose hacia el suelo aferrada del pomo de su montura conquistó la enseña del reino de España que llevaba los lauros de los triunfos realistas en Puno, Cuzco, Arequipa y La Paz."
(1) Por esta acción en la batalla del Villar, en 1816, Juana Azurduy fue ascendida por Belgrano al grado de Teniente Coronel del Ejército de las Provincias Unidas.
(1) O’Donnell Pacho. Juana Azurduy. Planeta. 1998
* Artículo publicado por la Revista Lilith de marzo de 2005. Buenos Aires.
sexta-feira, 3 de fevereiro de 2012
En tiempos de integración y de constitución de organismos como la CELAC sin la presencia de Estados Unidos, bien vale recordar a manera de homenaje, a los 100 años de su trágica muerte, a un prócer “nuestroamericano” como el ecuatoriano Eloy Alfaro (1847-1912).
Eloy Alfaro fue ungido en la Jefatura Suprema del Gobierno de Ecuador en 1895, mediante una acción armada popular que derrocó a la oligarquía gobernante. Se trató de una revolución de carácter laico y con fuerte acento anticlerical, que se propuso nacionalizar los bienes de manos muertas, eliminar las relaciones feudales de trabajo existentes –sobre todo la servidumbre indígena–, institucionalizar la educación pública, laica y obligatoria, buscando ampliar y democratizar la acción del Estado, redistribuir la propiedad de la tierra y afianzar un proceso de integración de las aisladas regiones ecuatorianas, principalmente a través de un plan de ferrocarriles nacionales. Al mismo tiempo buscó la resolución del problema secular territorial con el Perú por medios pacíficos. Todo un programa de gobierno progresista para la época.
Pero en lo que queremos destacar a Eloy Alfaro es en su labor internacionalista, americanista. Alfaro pretendía reconstruir la Gran Colombia, convencido del poder que da la unidad, y convencido de la justeza de los sueños de los libertadores, especialmente de Bolívar, para lo cual entró en negociaciones con los gobiernos de Venezuela y Colombia. La diplomacia de los Estados Unidos maniobró para impedirlo. Más de 30 años después de la última gran iniciativa por concretar un Congreso Americanista, Alfaro lo volvió a intentar. Su objetivo iba de lleno en contra de los intereses de la potencia del norte: pretendía que dicho Congreso analizara y reglamentara la aplicación de la doctrina Monroe –“América para los americanos”–, usada por los Estados Unidos como la justificación de sus desmanes e injerencias en el continente para garantizar su expansionismo sobre América Latina y el Caribe. Como señala el historiador ecuatoriano Paz y Miño, “apenas pudo reunir en México (1896) a pocos países que, sin embargo, acordaron una contundente declaración que impulsaba a sujetar la doctrina Monroe a una legalidad y juridicidad continentales, y no al capricho estadounidense”. Por supuesto que dicho Congreso fracasó porque fue boicoteado por los Estados Unidos.
Al Palacio de Chapultepec de México, en 1896, convocados bajo la iniciativa de Eloy Alfaro, concurrieron apenas ocho repúblicas. En cambio en 1889 –tres años más tarde–, ya bajo el control organizativo yanqui, se realizó en Washington la llamada Primera Conferencia Panamericana, bajo “los loables objetivos” de preservar la paz, adoptar el patrón dólar plata, la formación de una unión aduanera, derechos de patentes, autor y marcas, uniformidad en sistemas de pesos y medidas, etc.; a esta Conferencia asistieron todos los gobiernos del hemisferio, salvo República Dominicana.
Ese propósito “alfarista” de crear un Derecho Público Americano que impidiera la manipulación de la doctrina Monroe, tuvo que esperar más de un siglo para que en el concierto de las naciones sudamericanas se creara Unasur, y se dieran las condiciones para que luego surgiera la CELAC –sin la participación de los EE UU–, organismo que visto bajo el prisma histórico bien puede catalogarse –entre otras tantas e importantes cosas– como la reinstalación de aquel frustrado Congreso de 1896, con lo cual podemos afirmar que se comenzó a cumplir con el objetivo que se proponía Alfaro.
Alfaro, asesinado impunemente hace cien años por una turba al servicio de la oligarquía conservadora de Quito, es hoy figura inspiradora y guía de la llamada revolución ciudadana encabezada por el presidente Rafael Correa. La semana pasada se cumplieron cinco años de este proceso en el Ecuador, país que, al decir de su presidente, “salía de las tinieblas del neoliberalismo” para pasar “de una época de cambio a un cambio de época”.
En el nuevo Estado ecuatoriano, multiétnico, multicultural, que se propone, tal como lo marca su nueva Constitución, alcanzar para todo el buen vivir, el “sumak kawsay”, la propuesta progresista tiene cinco ejes fundamentales: la Revolución Constitucional, la lucha contra la corrupción, la Revolución Económica, la Revolución de Educación y Salud y el rescate de la dignidad y soberanía.
A través de su cuenta en Twitter, Correa expresó el sábado 14 de enero: “para mí el mayor logro de la Revolución: haber despertado esas energías internas del país, la voluntad de cambio, la fe en nosotros mismos. Nuestra Revolución SIEMPRE debe ser la de la alegría. El odio, la amargura, la revancha, no conducen a nada. Hasta la victoria siempre”, manifestó.
Estas propuestas de la revolución ciudadana, estos estados de ánimo logrados, partes indisolubles del cambio de época que se va instalando, no sólo en el Ecuador, sino en gran parte del continente, del que organismos como Unasur, CELAC, ALBA son instrumentos necesarios, muestran que nuestros procesos políticos de hoy vienen a retomar los idearios de los que en el siglo XIX, como fue el caso de Eloy Alfaro, dieron su vida por una América Latina y el Caribe independientes, soberanas, sin tutelajes imperiales
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